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¿Por qué hay niños que responden reiteradas veces a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador?En una ocasión estaba con un grupo de maestros en una conferencia de educación cristiana. Mientras almorzábamos, una maestra me hizo una pregunta.
—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. En mi iglesia hay varios niños que responden cada vez que alguien hace una invitación para aceptar a Cristo como Salvador. No importa si es en un culto en la iglesia o en una clase de la escuela dominical o en un campamento, siempre responden. No sé cuántas veces se han “convertido”. ¿Por qué pasa esto con algunos?
Los demás maestros se unieron para expresar la misma inquietud y comenzamos a compartir opiniones al respecto. Fue evidente que era una preocupación entre todos ellos, y cuando pregunté sobre sus clases, la mayoría dijeron ser maestros de niños de edad escolar. Considero que las inquietudes expresadas por ese grupo de maestros son muy válidas. Creo que es importante que entendamos algo más a fondo sobre la manera en la cual el niño responde a esta decisión tan fundamental para su vida. Nuestra tendencia es de creer que el niño responde al plan de salvación de la misma manera que lo hace un adulto. Pero, en realidad, lo puede hacer solamente en su contexto de niño. Esta circunstancia hace que haya diversos factores que pueden ejercer una influencia sobre su manera de responder a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador.
Trasfondo religiosoUn factor importante que debemos tener en cuenta es el trasfondo religioso que tiene el niño. Él puede venir de una tradición religiosa católico romana, en donde se utilizan términos similares a los que se usan en las iglesias evangélicas en cuanto a tener fe en Cristo, pero en donde nunca escuchó hablar de la salvación en términos de una relación personal con el Señor. En este caso, sus primeras respuestas pueden representar un mero reconocimiento de algo que ya ha escuchando antes, aunque de otra forma. Por otro lado, puede haber niños que vienen de un trasfondo en donde no hubo ninguna influencia religiosa y en donde absolutamente todo lo que escucha es nuevo. En ese caso, su respuesta puede ser nada más de que una indicación de que él quiere seguir aprendiendo estas cosas interesantes en este ambiente tan acogedor, con estas personas que son tan amables con él.
Las diferencias en la presentación del plan de salvaciónOtro factor que puede estar en juego en la respuesta de los niños es la diferencia en las maneras en que se les presenta el plan de salvación. La mayoría de los conceptos relacionados con este tema son simbólicos, y la forma de presentárselos al niño también es simbólica. Por ejemplo, muchas veces se utiliza para ello los colores del “Libro sin Palabras”. Quizá esta presentación ha sido la única que el niño haya escuchado hasta ahora. Pero en otra ocasión escucha otra presentación utilizando otros símbolos: por ejemplo, se le muestra el dibujo de un corazón con una puerta que se abre y se le dice que esto simboliza la entrada de Cristo en el corazón. En la forma tan literal de pensar del niño, es fácil entender cómo él puede creer que se le está pidiendo dos decisiones diferentes. Como no entiende muy bien el simbolismo en ninguno de estos dos casos, por las dudas, él responde a la invitación en ambos.
Diversas motivacionesEl niño siempre va a reflejar en algún aspecto las influencias que tiene a su alrededor, y esta característica es parte de su forma de responder a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador. Quizá la primera vez que levantó su mano era porque casi todos los otros niños que también lo hicieron eran sus amigos. No quería mostrarse diferente. Otra motivación puede estar relacionada con su amistad con el maestro. El niño está condicionado a obedecer a los adultos en todas las situaciones. En el caso de una clase o encuentro de niños, en donde el maestro es una persona simpática que le ha brindado una atención especial, es muy natural que responda positivamente a lo que esta persona le pida. Para él es inconcebible no levantar su mano, porque quiere agradar al maestro. También puede haber otras motivaciones. Una mujer me comentó cómo de niña ella siempre respondía a la invitación para recibir a Cristo. Me contó que en la escuela dominical a la que asistía siempre servían una merienda a los niños, y ella “no quería perderse el refresco”.
Conductas aprendidasAlgunos niños han participado desde pequeños en los cultos de su iglesia, en donde la invitación de aceptar a Cristo es una entre muchas otras. Es decir, la costumbre en su iglesia es de hacer invitaciones continuamente para responder a diversos llamados. Puede haber visto cómo la gente responde a llamados para la sanidad, para la llenura del Espíritu Santo o para la entrega de la vida para servir al Señor en las misiones. Él reconoce que responder a una invitación es una conducta aprobada, y, entonces, por esa razón también lo hace. Probablemente no tiene en claro por qué está respondiendo, pero igualmente levanta la mano o pasa adelante.
Una vida espiritual en desarrolloTambién es importante reconocer que el niño es un ser en desarrollo. Esto implica procesos de crecimiento y maduración en todas las áreas de su vida, pero es en sus capacidades cognoscitivas y emocionales que notamos mucha relación con su formación espiritual. Nosotros, quienes trabajamos en la educación cristiana de la niñez, a veces tratamos de limitar las características de curiosidad, exploración y descubrimiento, que son innatas y naturales en los niños. Muchas veces ignoramos su respuesta emocional frente a lo que está aprendiendo. Nos toma por sorpresa su entusiasmo y alegría, como también su desagrado, su temor y su tristeza ante los conocimientos nuevos que va adquiriendo. El desarrollo continuo en sus habilidades produce a la vez transformaciones constantes en su comprensión de las cosas. Estas transformaciones se evidencian por su respuesta emocional a lo que está entendiendo. Por ejemplo, quizá en la época de Pascua un niño escucha una presentación muy conmovedora sobre la muerte de Cristo. Él llega a entender que la muerte de Cristo fue por él. Cuando se le hace la invitación, él responde de todo corazón impulsado por la gratitud que siente frente al sacrificio de Jesús en la cruz. En ese momento, es probable que no tenga una percepción clara del alcance del pecado ni en qué consiste el arrepentimiento. Él está respondiendo emocionalmente, pero en forma absolutamente genuina y espontánea, a lo que ha entendido sobre lo que Jesús hizo por él. Yo creo que esa decisión genuina, por más que le falten otros entendimientos fundamentales, es mirada con agrado por el Señor y forma parte de la singular tarea de “echar las bases” para una vida espiritual en formación. A lo mejor, unos meses o años después, el niño habrá de recibir una enseñanza más clara sobre la realidad del pecado en su vida y la necesidad del arrepentimiento como parte del proceso de ser un verdadero hijo de Dios. Esta vez ha de responder a una invitación con otra perspectiva, sintiendo la convicción de pecado que trae el Espíritu Santo. Podemos imaginar el daño a la vida espiritual del niño si el maestro lo reta o lo menosprecia por su actitud, porque “ya hizo su decisión y no hace falta hacerla de nuevo”. El maestro está perdiendo una maravillosa oportunidad para profundizar esas bases espirituales y lograr que el niño afirme su vida con Dios sobre fundamentos más firmes. Es más, creo que el maestro corre el riesgo de “hacer tropezar a uno de estos pequeños”, una actitud que el Señor condenó severamente. Además, en la vida del niño, el área de la convicción de pecado puede influir mucho sobre su seguridad en cuanto a la salvación. Cuando el niño fracasa haciendo algo deliberado en contra de lo que sabe es lo correcto, le invade una profunda sensación de culpa y vergüenza. Para el niño, esa sensación parece indicar que ha dejado de ser una persona adecuada, que ya no sirve. En muchas ocasiones, el reproche de un adulto ante lo que hizo sólo intensifica esta sensación. En tanto, el niño no puede menos que creer que Dios también lo repudia. Cuando se le presenta otra invitación para aceptar a Cristo, esto representa para él la esperanza de sentirse diferente. Esto ocurre aun cuando se le haya enseñado sobre la importancia de la confesión de los pecados y el perdón que hay en el Señor. La forma de pensar de niño le hace ver las cosas siempre en “blanco y negro”. Desde su punto de vista, un pecado tiende a cancelar todo lo anterior y hay que comenzar de nuevo. El maestro debe ser sumamente sensible a estas reacciones de los niños.
¿Qué puede hacer el maestro para impulsar la seguridad de la salvación en el niño?Al responder a esta pregunta, debo decir que creo firmemente que la cosa más importante que puede hacer el maestro es conocer a fondo a cada uno de los niños que tiene a su cargo. Esto incluye el hecho de conocer a los miembros de su núcleo familiar, las experiencias previas que haya tenido en otras iglesias y, especialmente, la historia de la familia en cuanto a sus crisis y tragedias. Todos estos elementos forman parte de la historia del niño. El niño ha estado en un desarrollo espiritual desde que nació, no importa si asistía o no a una iglesia. Todas sus vivencias contribuyen al bagaje de vida que trae a su encuentro con Cristo y su comprensión del plan de salvación. El maestro debe entender que la singularidad de cada vida hace que no haya un molde único en el obrar de Dios. Esto debe impulsar al maestro a estar orando constantemente por los niños a su cargo, pidiendo también que el Señor le dé iluminación y discernimiento para poder responder a sus preguntas y dudas. Además de orar, es importante que el maestro mantenga un diálogo abierto con cada uno de sus alumnos para que, cuando surge un interrogante de índole espiritual, el maestro pueda responder con total naturalidad. El aspecto práctico que contribuye a esto tiene que ver más que nada con las oportunidades que se le dan al niño para hacer preguntas y expresar sus dudas. Por ejemplo, en el momento de conversar con el niño después de haber respondido a una invitación para aceptar a Cristo, el maestro puede preguntar, con mucho respeto:
—¿Es ésta la primera vez que tomas esta decisión?
Si el niño responde que “sí”, el maestro puede preguntarle si hay algo que no ha entendido bien y luego seguir la conversación respondiendo las preguntas que pueda tener. Si responde que “no”, el maestro puede decir:
—Para ayudarte mejor, me gustaría que me cuentes de las otras veces que hiciste esto.
O puede preguntar: “¿Qué le dijiste al Señor las otras veces?”, o preguntas semejantes a ésta. Creo que es importante no insistir en que el niño haga un análisis detallado de sus decisiones previas. Más bien, se le debe asegurar que Dios está sumamente gozoso de que haya querido acercarse a él respondiendo a la invitación. Antes de concluir la conversación, el maestro puede preguntar si el niño ha entendido algo nuevo esta vez, esperar su respuesta y luego orar con él pidiéndole al Señor que lo ayude a entender que su salvación es para siempre. Lo más importante de todo esto es que el maestro mantenga abiertas las vías de comunicación con el niño, para que siempre sienta la libertad de preguntarle al maestro sobre sus inquietudes espirituales.
La obra del Espíritu SantoAl final de cuentas, es el Espíritu Santo el que hace la obra de regeneración en una vida y el que da la seguridad de la salvación. Romanos 8.16 dice: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (NVI). Esta verdad nos trae gran esperanza mientras hacemos la obra de evangelización de la niñez. La obra de regeneración también depende de nuestra propia sensibilidad en cuanto a la obra del Espíritu Santo en la vida del niño. Esto hace que hagamos un esfuerzo constante de aclarar las enseñanzas de la Palabra de Dios y, así, permitir que el Espíritu pueda sellar la obra redentora en esa pequeña vida con una seguridad absoluta y eterna. Recordemos, sin embargo, que esta obra se ha de realizar de manera diferente en cada niño. Escriba a recurso@publicaciones.net |


