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¿Por qué hay niños que dicen que no han pecado?Hace tiempo, en una clase de niños escolares, yo estaba tratando de aclarar con ellos el concepto del pecado. Les hablé de varias conductas que comúnmente se clasifican como “pecado”: mentir, robar, decir malas palabras, desobedecer a los padres y hacerle daño a otra persona. Al final pregunté: —¿Cuántos de ustedes han hecho alguna vez una de estas cosas? Dos o tres niños levantaron la mano, pero rápidamente la bajaron cuando vieron que no representaban un consenso general entre los otros miembros de la clase. Creyendo que no me habían entendido bien, intenté de varias maneras convencerlos de que el pecado es parte de la naturaleza de todo ser humano, pero no tuve mucho éxito. Me sentí frustrada. Me preguntaba cómo se les podría hablar de la salvación si no reconocían su pecado. Como conocía bastante bien a esos niños, fui tentada a recordarles puntualmente algunas trasgresiones que habían cometido y que yo sabía. Afortunadamente, me frené de hacerlo. Después de aquella clase me quedé pensando. ¿Cómo puede ser que una doctrina tan fundamental sea tan difícil de transmitir a los niños? Recordaba otras clases en donde todos los niños, sin excepción, habían reconocido que sí habían cometido alguno de los pecados que yo nombraba. Pero me acordé que en esas ocasiones tampoco me había sentido satisfecha con sus respuestas. Me parecía que si hacía énfasis sólo en algunas conductas de las cuales un niño puede ser culpable, estaba minimizando la excelsa obra de Cristo en la cruz para lograr el perdón de los pecados de toda persona. Además, no entendía por qué era difícil para algunos de estos niños admitir su culpabilidad. Desde entonces, he llegado a una comprensión distinta del problema. Aquí presento varias razones de por qué hay niños que dicen que no han pecado.
El deseo natural de quedar bien ante los demásEn todos los casos hay varios factores que ejercen cierta influencia sobre esta realidad. En la clase que presenté al principio, por ejemplo, varios de los niños eran de una misma familia. Además, todos los miembros de la clase se conocían muy bien entre sí. De modo que existía cierta presión sicológica para no mostrarse menos “bueno” al admitir culpabilidad en relación con mi lista de pecados específicos. De la misma manera, un niño que es nuevo en la clase puede sentirse acobardado al tener que admitir sus fallas ante un grupo que conoce poco. Actualmente entiendo que es mejor no hacer una pregunta tan directa. Yo podría haber logrado más declarando, sin titubear, que todos somos culpables de todos estos pecados y de muchos otros también. Ni los adultos encuentran cómodo el hecho de tener que responder a una pregunta tan directa y amenazante como es la de admitir abiertamente sus pecados delante de otros. Por tanto, no debe sorprendernos que los niños reaccionen negando sus pecados también.
La negación de ciertos recuerdosMuchos niños viven el presente sin dedicar tiempo para recordar los eventos del pasado. Por lo general, recuerdan los hechos importantes ocurridos en momentos de crisis, o recuerdan de acuerdo con su propia perspectiva. Es obvio que no han de hacer mucho esfuerzo para recordar y admitir algo que les causa vergüenza, como, por ejemplo, una mentira o un acto específico de desobediencia. Si agregamos a esto el hecho de que el niño puede haber recibido algún castigo por lo que hizo, nos daremos cuenta de que prefiere mantener silencio sobre el asunto. En este contexto, podemos decir que el niño está diciendo la verdad, o por lo menos su verdad, cuando afirma que no recuerda haber cometido un pecado como los que han sido nombrados por el maestro.
Explicaciones mal interpretadasSiempre existe la posibilidad de que el niño interprete erróneamente los conceptos que el maestro está tratando de enseñar. Esto se debe a que el vocabulario y las expresiones que utilizamos cuando les estamos transmitiendo conceptos espirituales pueden ser causa de confusión. En una ocasión, un niño hizo una declaración muy enfática cuando la familia estaba cenando. Dijo: “¡A Dios no le gusta el pescado!”. Sorprendida, la madre se puso a indagar un poco sobre el asunto y descubrió que el niño había entendido mal la palabra “pecado”, término desconocido para él y que, por ende, había sustituido con una palabra que sonaba igual a sus oídos, “pescado”. También es cierto que a veces las ayudas visuales que utilizamos crean confusión. Una niña quedó muy perturbada por un dibujo acerca del pecado que mostraba un corazón con puertas que se abrían para mostrar adentro varios monstruos, cada uno de los cuales representaba un pecado diferente que cometían los niños. —¡Yo no tengo esos monstruos en mi corazón!—, le gritó a la maestra.
La esencia del pecadoEs imposible elaborar una explicación adecuada del pecado para todas las edades y condiciones de los niños. Sin embargo, hay algunas cosas que podemos enseñar para que el niño tenga oportunidad de reconocer su condición de pecador delante de Dios y luego pueda entender su necesidad de la salvación que hay en Cristo. Más correcto es hacer énfasis en la vida interior del niño, esa parte de nosotros en donde uno piensa y siente las cosas. Se le puede explicar al niño que la vida interior es diferente de la vida exterior, porque solamente Dios y él saben lo que está pensando y sintiendo en su vida interior (Salmo 44.21; 1 Crónicas 28.9). Esta parte interior de las personas es lo que la Biblia llama “el corazón”. En cambio, la vida exterior es vista por todos. Se pueden sacar fotos de la parte exterior, porque es lo que se ve. Es a través de la parte exterior que se pueden observar diferentes conductas, como la risa, el llanto, o actividades como correr y dormir. Se debe explicar que el pecado comienza en la vida interior, en donde pensamos y sentimos los elementos que luego se expresan por las conductas. A Dios le importa muchísimo más lo que pasa en nuestra vida interior que lo que se ve en la vida exterior (1 Samuel 16.7; Salmo 19.14). En el proceso de formación espiritual del niño, es esencial que él tenga muchas oportunidades de trabajar con este concepto de la vida interior, para que tenga una idea más correcta de lo que la Biblia enseña en cuanto al corazón. Creo que es fundamental que el niño comprenda que la esencia del pecado no radica tanto en las conductas que se observan, sino en el deseo de hacer lo que nosotros queremos hacer, sin importarnos lo que Dios quiere. Ésta es la actitud básica que incentivó el pecado que Adán y Eva cometieron contra Dios en el Edén. Prefirieron hacer su voluntad y no la voluntad de Dios. El niño puede entender esto, porque no es un concepto complicado. Para ilustrarlo, se le puede formular ejemplos de casos en donde niños enfrentan el dilema entre hacer lo correcto y lo incorrecto, y en donde tienen la oportunidad de elegir la mejor conducta. Esto le confirma el hecho de que todos tenemos algo que Dios puso en el ser humano desde el principio, que se llama la conciencia, que nos da la posibilidad de distinguir entre lo que nosotros queremos y lo que Dios quiere. También es importante que el niño comprenda que vivir de acuerdo con la voluntad de Dios es la mejor manera de vivir, y por eso es que Dios desea que vivamos así. El niño puede entender que la gente, tanto los adultos como los niños, sin excepción, preferimos vivir de acuerdo con lo que nosotros queremos y no con lo que Dios quiere (Romanos 7.15-20). Es por eso que todos somos pecadores, es decir, somos personas que cometemos pecado (Romanos 3.23; Jeremías 17.9). Solamente la muerte de Cristo en la cruz pudo lograr una solución para esto, porque él nunca pecó. Siempre hizo todo lo que Dios quería (Juan 6.38). Si se establece esta base con los niños, como algo fundamental para la presentación del plan de salvación, no habrá tanta posibilidad para ellos de sentirse libres de la culpa de haber cometido pecado. Muchos de ellos ya reconocen la lucha entre “hacer el bien” y “hacer el mal”, sin reconocer, quizá, que es ahí mismo en donde radica la esencia del pecado.
Unidos en la necesidad de la salvaciónUn aspecto importante de esta forma de explicar el pecado es que guarda al maestro de hablar del problema del pecado de los niños de una manera condescendiente, como algo que él hace rato dejó de hacer. Muchas veces, cuando estamos hablando de sus debilidades, proyectamos esta imagen sin darnos cuenta. Nos hace bien recordar que Jesús señaló la capacidad espiritual del niño como el mejor ejemplo para nosotros, los adultos, cuando dijo: “Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él” (Marcos 10.15). Es decir, cuando se trata de llegar a Dios buscando el perdón de nuestros pecados, estamos todos, adultos y niños, sobre un mismo nivel. Todos necesitamos de la misma misericordia para llegar a disfrutar de la gracia de Dios en Cristo Jesús. Escriba a recurso@publicaciones.net |


