El niño y el plan de salvación

La formación espiritual del niño

por Betty S. de Constance

Artículo 4 de 5

Del libro: "La formación espiritual del niño"

©2001 Fundación  Alianza

¿Cuáles son los elementos fundamentales que el niño debe entender para recibir a Cristo como Salvador? Tuve el privilegio de nacer en una familia cristiana, en donde mis padres eran personas comprometidas con el servicio de Dios y con la crianza de sus hijos en la fe. No recuerdo haber vivido ninguna época de mi niñez sin tener conciencia de la realidad de Dios en mi vida. Creo que siempre he amado a Jesús. Por supuesto, hubo diferentes crisis espirituales que marcaron el desarrollo de mi fe y mi proceso de maduración espiritual, pero nunca viví un período de rebeldía en cuanto a tener fe en Dios. Considero ese hecho el resultado de su gracia en mi vida. Sin embargo, sufrí largos períodos de angustia y dudas en cuanto a la seguridad de mi salvación. Siendo niña y adolescente, tuve interrogantes que me daban miedo compartir con alguien. Siempre pensé que los adultos me iban a retar por mi ignorancia o que me iban a considerar una persona “perdida” por mis dudas. Una de las preguntas que guardé por muchos años de niña tenía que ver con la muerte de Cristo. Me preguntaba: “Si fueron crucificados dos hombres más junto con Jesús, ¿por qué solamente la muerte de Jesús sirve para mi salvación?”. Algo me hacía pensar que hacerles esta pregunta a mis padres me iba a dejar muy mal parada en su concepto de mí. Así que me guardé el interrogante por años hasta entender, por fin, que sólo la muerte de Cristo pudo valer ante Dios para mi salvación, porque él nunca había pecado. El hecho de que Jesús nunca hubiera pecado me lo habían enseñando, pero nadie me había explicado la relación entre esa verdad y la eficacia de su muerte en la cruz para el pecado de todos, incluyendo los míos. Pero durante la época de mi niñez, ¿a quién iba a ir yo con mis dudas? Con el pasar de los años, me doy cuenta cada vez más de que muchos niños guardan sus interrogantes por las mismas razones que yo tuve: el temor a las reacciones de los adultos. Por eso considero que es sumamente importante crear un diálogo abierto con los niños que tenemos a nuestro cargo, asegurándoles siempre que sus preguntas han de ser respetadas y respondidas. Es por este motivo que creo que es primordial que conozcamos los elementos esenciales que forman los fundamentos del plan de salvación, para que cuando un niño nos haga alguna pregunta, podamos aprovechar esa oportunidad para explicar y aclarar sus dudas. Es imposible compartir en una sola presentación del plan de salvación todos los elementos concernientes a ese tema. Por eso creo que lo más adecuado es pensar en un “proceso de evangelización”, en donde estemos apoyando y alentando siempre la obra regeneradora del Espíritu Santo, mientras dialogamos con los niños que han tomado la decisión inicial de entregar su vida a Cristo. A continuación, quiero que consideremos algunas de estas preguntas fundamentales. ¿Quién soy yo? Un elemento básico para que el niño pueda entender mejor el mensaje de salvación es tener un concepto más claro de su persona. El niño necesita saber que él es un ser con una vida interior y otra exterior. Para aclarar este concepto, el maestro debe utilizar todos los métodos posibles para ayudar al niño a diferenciar entre la parte visible de su persona (su cuerpo, su pelo, sus ojos, su sonrisa, etc.), y la parte invisible (su mente, donde radican sus pensamientos y emociones). Él puede saber que solamente Dios y él conocen a fondo lo que sucede en su vida interior, y que esa parte de su ser es lo que la Biblia llama “el corazón”. Esto demanda que el maestro use una gran variedad de actividades que le permitirán al niño reconocer e identificar sus emociones. Él debe saber que todo su ser es importante, pero que su vida interior es la que Dios valora más (1 Samuel 16.7). ¿Qué es el pecado? Cuando estamos ocupados en la enseñanza espiritual en la niñez, la mayoría de las personas utiliza definiciones para el pecado, que enfocan diferentes conductas. Por ejemplo, nos referimos a la mentira, el robo, la desobediencia, el uso de malas palabras, la agresividad contra otros y conductas parecidas. Casi siempre enfatizamos conductas que no le agradan a Dios. Podríamos decir que este tipo de explicación nos ayuda a identificar “pecados”, pero no aclara el problema del “pecado” en sí. Por tanto, creo que podemos ayudar al niño a tener una comprensión más adecuada del significado del pecado si le explicamos que el pecado es una actitud básica que tiene todo ser, empezando con el primer pecado de Adán y Eva y siguiendo por toda la historia de la raza humana (ver Romanos 3.23). Esta actitud es nuestra insistencia de vivir de acuerdo con lo que nosotros queremos, sin pensar en lo que Dios quiere (1 Samuel 15.22 y 23; Jeremías 7.23 y 24; Romanos 7.18 al 20). El niño puede entender que todos los “pecados” que cometemos comienzan en la vida interior en donde radican los pensamientos, las emociones y las actitudes que no agradan a Dios y que nos llevan a las conductas equivocadas (Mateo 12.34 y 35; 15.16 al 20; Salmo 19.14). Además, debe entender que es el pecado lo que nos separa de Dios e impide que seamos parte de su familia (Isaías 59.2). ¿Quién es Dios? El niño puede conocer a Dios como el creador de todas las cosas, incluyendo su propia persona. Dios creó su cuerpo físico como también su capacidad de pensar, que es su vida interior (ver Salmo 139.1 al 4). Dios lo ama mucho más de lo que cualquier otra persona podría hacerlo y lo conoce completamente, por dentro y por fuera. Es el anhelo de Dios que todos nosotros formemos parte de su familia, y que le permitamos que nos ayude a llegar a ser todo aquello para lo que nos creó. Dios desea que esta relación íntima con él sea algo que tengamos ahora y para siempre (Juan 3.16). Dios es absolutamente perfecto y santo. No puede hacer el mal. Debido a ese hecho, estamos separados de él a causa de nuestro pecado (Hebreos 12.14). Pero él nos amó tanto que hizo posible que llegáramos a ser sus hijos. Mandó a Jesús, su único Hijo, al mundo, para mostrarnos cuánto nos ama (1 Juan 3.16; Juan 3.16). ¿Quién es Jesús? El niño debe reconocer que Jesús es el Hijo de Dios. Debe entender que él vino al mundo como un niño, que vivió en la tierra hasta llegar a ser un hombre adulto, que ayudó a muchísimas personas a través de sus hechos y enseñanzas. Sobre todo, el niño debe entender que él es la única persona que ha vivido sin haber cometido pecado. Él siempre habló lo que Dios quería que dijera, e hizo lo que Dios quería que hiciera. Nunca hizo algo para agradarse a sí mismo, sin primero pensar si lo que hacía agradaba o no a su Padre Dios (Juan 5.19). La gente llegó a odiarlo por eso, y finalmente lo mataron. Murió sobre una cruz, pero no quedó muerto. Después de tres días resucitó, es decir, volvió a vivir. Porque Jesús era el Hijo de Dios y porque nunca había cometido ningún pecado, su muerte sirvió ante de Dios para pagar el castigo que merecían todos los pecados que todas las personas han cometido (Tito 2.14; Isaías 53.5; 1 Pedro 2.24). ¿Cómo puedo ser un hijo de Dios? El niño tendrá que concientizarse de la importancia del arrepentimiento. Se puede hablar de esto con términos sencillos: “Arrepentirse significa sentir tristeza por vivir queriendo agradarnos a nosotros mismos y no a Dios”. En esa tristeza está el deseo de cambiar y de vivir de una manera nueva, una vida que agrada a Dios. Si el niño se arrepiente de su pecado y le pide a Dios su perdón (1 Juan 1.9), expresando su deseo de entregar el control de su vida a Dios (la vida interior y exterior), Dios lo perdona. Él nos puede perdonar porque Jesús murió por nuestros pecados y nuestro arrepentimiento hace posible que Jesús sea nuestro Salvador. Cuando Dios nos perdona, nos acepta como sus hijos y empezamos a vivir como miembros de su familia. Dios llega a ser nuestro Padre celestial. Podemos sentir su presencia en nuestras vidas y entender cuánto nos ama. Dios llega a ser algo así como un nuevo “jefe” para nosotros. Vivir como su hijo significa que, con su ayuda, nuestros pensamientos, emociones, actitudes y acciones serán de su agrado. Esto no será fácil, pero podemos estar seguros de que aunque nos cuesta aprender otra manera de vivir, vivir de acuerdo con lo que Dios desea es mucho mejor (1 Pedro 4.1 y 2). Podemos contar con su ayuda siempre, porque él ha dicho que nunca nos va a dejar solos (Hebreos 13.5). Ser un hijo de Dios también significa que algún día, cuando muera nuestro cuerpo, como ocurre con todas las personas, nuestro espíritu seguirá viviendo con él para siempre. Esto es lo que llamamos “la vida eterna” con Dios. Observaciones finales A veces el niño queda confundido cuando le pedimos que lea muchos versículos diferentes de la Biblia. Para la mayoría de los casos, es suficiente usar una versión sencilla del texto de Juan 3.16 (como la que se encuentra en la versión popular Dios Habla Hoy) para asegurar al niño que es un hijo de Dios. El maestro lo puede guiar en la lectura del versículo de la siguiente manera, poniendo su nombre en los espacios: “Pues Dios amó tanto a _______, que dio a su Hijo único, para que _______ al creer en él, no muera, sino que tenga vida eterna”. A la vez, se le explica que el versículo nos asegura que nuestra vida interior vivirá para siempre con Dios, aunque nuestro cuerpo muera. Es importante que el niño exprese en oración su deseo de entregar su vida a Dios. Sin embargo, muchos niños no se animan a orar en voz alta, porque no saben qué decir. El maestro puede ayudar al niño a pensar en algunas frases sencillas, tales como éstas: “Dios, te pido perdón por mi pecado, y quiero que tomes el control de mi vida”. Luego se da oportunidad a que el niño diga en voz alta las palabras, agregando lo que él desee. Otra opción sería ayudarlo a escribir su oración en un papel. Muchos maestros dicen una oración modelo y piden que el niño la repita en voz alta. Por lo general, cuando yo ayudo a algún niño a expresar lo que le quiere decir a Dios, le digo que, mientras los dos cerramos los ojos, él puede decir las palabras a Dios en silencio o en voz alta. Luego yo oro por él, pidiendo que Dios lo ayude a comprender lo importante que es la decisión que ha tomado. Para enfatizar la trascendencia de la decisión que el niño ha hecho, el maestro puede entregarle como obsequio un pequeño Evangelio de Juan, subrayando el versículo de Juan 3.16, y asegurándole que Dios ha escuchado su oración y que su decisión le ha traído mucho gozo (Lucas 15.7). Quizá el hecho más importante que el maestro pueda lograr cuando el niño toma la decisión de aceptar a Cristo es iniciar una amistad espiritual con él. Si el niño percibe esa relación de amistad, encontrará un lugar seguro en donde podrá llevar sus interrogantes y dudas a medida que vayan surgiendo, sintiendo que no está solo, sino que alguien lo está acompañando en su peregrinaje hacia Dios. Para el maestro de niños, no hay mayor privilegio que éste.

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