|
||
¿Cómo podemos fortalecer el desarrollo espiritual del niño que ha recibido a Cristo?
Sabiendo que yo trabajo en la formación espiritual de los niños, una madre vino a compartirme su inquietud en cuanto a su hijo. —Estoy muy preocupada por mi hijo —me dijo con voz de ansiedad—. Hace unas semanas, al concluir el culto, él oró con el pastor para recibir a Cristo como su Salvador. Cuando llegamos a casa, le pregunté cómo se sentía, pero no supo qué decirme. —¿Y qué respuesta esperaba usted? —le pregunté. —No sé exactamente —dijo—. Pero yo recuerdo muy bien el día en que recibí a Cristo como mi Salvador. Sentía un gozo enorme. Me parecía que estaba volando de alegría. En cambio a mi hijo, desde el día que hizo esa decisión, se lo ve triste y preocupado. Cuando le he preguntado sobre qué le está pasando, no sabe qué decirme. Por fin, hace poco me dijo: “Tengo dudas sobre mi fe, mamá. No sé si tengo una fe como dice el pastor que todos debemos tener”. Por un rato seguí charlando con la madre sobre el tema. Traté de hacerle ver que el inicio de una vida de fe en Jesús nunca ha de ser vivido de la misma manera por dos personas. Traté de ayudarla a entender que lo más importante era descubrir cuál era la causa de la confusión de su hijo en cuanto a su “fe”. ¿Qué estaba entendiendo él sobre el asunto? Lamentablemente, no creo que mis palabras lograran un cambio de actitud en la mujer. Temo que ella siguió presionando a su hijo sobre la necesidad de sentir una emoción igual a la que ella había experimentado en su conversión. Este incidente nos ayuda a enfocar otro aspecto de la evangelización del niño. La pregunta que debemos hacernos es ésta: ¿Cómo podemos estimular al niño en su vida espiritual cuando ha tomado la decisión tan importante que es la entrega de su vida a Dios? Otra pregunta igualmente significativa es ésta: ¿Cuáles son los errores que podemos cometer que obstaculizan al niño en su desarrollo como hijo de Dios? Para comenzar, la Biblia nos asegura que al nacer de nuevo, la vida del niño, como de toda persona que cree, “está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3.3). Además, sabemos que el Espíritu Santo se encargará de revelarle toda verdad (Juan 16.13). ¿Cuál es, entonces, nuestra responsabilidad para con este niño? ¿Podemos unir nuestros esfuerzos a los del Espíritu Santo para fortalecer y guiar esta vida? ¿Cómo podemos cuidarnos para no serle de estorbo en su desarrollo espiritual? Estos interrogantes son sumamente importantes para cada uno de aquellos que trabajamos en ministerios relacionados con la niñez. Quiero examinar algunos de estos aspectos.
Debemos recordar que el niño es, al fin, un niñoUno de los problemas de la madre que mencioné al comienzo tiene que ver con cierta incapacidad que tenemos los adultos de ver al niño recién convertido como a un niño. Era lógico que ella interpretara lo que estaba pasando en la vida de su hijo desde la perspectiva de un adulto, pero, lamentablemente, eso le daba lugar para comparar la experiencia del niño con la suya. Jesús nunca cometió este error. En diferentes ocasiones les advirtió a sus discípulos que “el que no recibe el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él” (Marcos 10.15). Sabemos que el Señor estaba haciendo referencia a las características que deben tener las personas para poder entrar en el reino de Dios. A mi entender, cuando Jesús puso a un niño como el ejemplo de estas características, estaba señalando el hecho de que los niños tienen una forma de acercarse al reino de Dios que es la que más le agrada al Señor. El niño que toma la decisión de entregar su vida a Cristo ha vivido pocos años, y sus experiencias son muy limitadas en comparación con las experiencias de los adultos. Sus pecados, o sea su rebeldía contra el control de Dios sobre su vida, deben ser percibidos dentro de los parámetros de su conducta como niño y no con las dimensiones que tienen en la vida del adulto. La emoción que puede sentir en el momento de tomar su decisión de fe se relaciona con lo que él puede entender en ese momento y no debe ser comparada con las profundas dimensiones de convicción de pecado y pesadas cargas de culpa que puede sentir un adulto. También, como posiblemente haya ocurrido en el caso del niño mencionado, puede haber algún aspecto de este proceso que lo haya impactado mucho sin que lo entendiera bien. Por ejemplo, es posible que para este niño la frase “sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11.6), que probablemente escuchó en alguna predicación, le haya parecido un requisito imposible de satisfacer. La confusión que siente como consecuencia no tiene nada que ver con el hecho de ser salvo. Más bien, tiene que ver con la pregunta que nos hacemos todos a veces: “¿por qué no tengo más fe?”. La persona que acompaña a los niños en sus procesos de formación espiritual debe esforzarse por escucharlos y por ofrecerles repetidas oportunidades de hacer preguntas y admitir su confusión. Cuando nos ocupamos de hacer esto, creamos el ambiente para que el pequeño nuevo creyente se sienta apoyado y no hostigado en su desarrollo espiritual.
Ser conscientes de los efectos de ciertas doctrinasCuando el niño inicia su vida con Dios, es posible que se encuentre con ciertas enseñanzas bíblicas que pueden funcionar como “trampas” y que pueden impedir su desarrollo espiritual. Al decir que son “trampas”, me refiero al hecho de que hay ciertas enseñanzas que el niño escucha a través de las predicaciones o estudios bíblicos para adultos que le crean confusión. Algunas de las doctrinas que suelen tener un efecto negativo sobre el niño son aquellas que se relacionan con la segunda venida del Señor, el infierno y el juicio final. Como el niño tiende a vivir todo en el presente, encuentra complicado el concepto del futuro y, por tanto, estas doctrinas suenan para él como algo inminente. Supe de una niña de siete años de edad que había quedado traumatizada por una película sobre la segunda venida. Por meses se escondía aterrada en un armario cada vez que alguien llamaba a la puerta de su casa. Cuando por fin su madre pudo entender la causa de la conducta extraña de su hija, descubrió que la niña creía que en cualquier momento llegaría Jesús para llevarse a su familia. Aunque había recibido a Cristo como su Salvador personal, era una niña algo traviesa y creía que a causa de sus conductas Jesús no la iba a llevar junto con su familia. Distorsiones similares a ésta ocurren en la mente del niño, especialmente con relación al infierno. El efecto lamentable de esto es que el miedo causado por la distorsión afecta la manera en la cual el niño conceptúa a Dios. Es difícil que él piense en Dios como un Dios de amor cuando cree que está en peligro de ser enviado al infierno por sus conductas, o de ser arrancado del seno de su familia. Con esto no quiero decir que debemos eliminar estas doctrinas. Más bien, debemos estar muy atentos a cómo el niño las está entendiendo. Sobre todo, nunca deberíamos utilizarlas para infundir miedo o tratar de controlar sus conductas. Por el contrario, el maestro necesita tener una sensibilidad especial frente a todo lo que el niño está adquiriendo que pudiera afectar su imagen de Dios.
Personificar la gracia en el trato con el niñoEs demasiado fácil caer en una dimensión de legalismo en nuestro trato con el niño que ha comenzado una vida con Dios. Queremos imponer reglas de conducta. Nos olvidamos que lo que más nos corresponde, una vez que el niño haya hecho su decisión de entregar su vida a Cristo, es nutrir su relación con el Señor. Ésta es una relación que representa un terreno sagrado para los que somos sus guías en la formación espiritual. Es una relación única. Ninguna persona, ni antes ni después, tendrá la misma relación con Dios que ha iniciado este niño. Dios se goza en la adoración y alabanza que salen del corazón de esta pequeña persona, y por medio del Espíritu Santo en su vida se encargará de revelarle su amor y su grandeza. A la vez, esta nueva relación del niño para con Dios es frágil, no en el sentido de dejar de existir, sino en la dinámica misma de la relación. Esta dinámica tiene una gran probabilidad de ser distorsionada por medio de las muchas influencias que rodean la vida del niño. Si, por ejemplo, alguien con autoridad sobre él comienza a usar su decisión como la base de una nueva disciplina (“Si tú fueras de veras cristiano, no pelearías tanto con tu hermana”), enseguida el niño comienza a ver a Dios como una fuerza más de presión que se une al mapa familiar para controlar sus conductas. Ésta no es la meta de la formación espiritual. Es lamentable que en muchas iglesias existan sistemas de control que crean un ambiente de presión sobre sus miembros. El resultado de este legalismo es que muy pronto la vida cristiana llega a ser vivida sobre la base de reglas y leyes. La razón de ser de la vida cristiana, la relación hermosa y llena de amor entre Dios y su hijo, comienza a desaparecer. Se vive temiendo el “qué dirán” de parte de personas con autoridad, en lugar de vivir nutriendo y profundizando la relación de amor con Dios. Es obvio que el obedecer las leyes de Dios y las reglas familiares son parte fundamental de pertenecer a una familia. Lógicamente, el respeto y la obediencia a las leyes son algo que agrada profundamente a Dios. Sin embargo, a través de las Escrituras leemos que la obediencia que es hecha por obligación y no por amor no es de agrado a Dios (Isaías 29.13). Debemos reconocer, entonces, que la impotencia del niño frente a la vida hace que sea especialmente vulnerable a los efectos del legalismo, respondiendo con temor a las demandas de personas con autoridad sobre él, y no a una obediencia impulsada por amor hacia Dios. En su actuar con nosotros, Dios obra a través de la gracia. Busca con afán relacionarse con nosotros dentro del contexto del amor, que es su misma esencia. Su actitud frente a nuestros fracasos es dolor por la relación dañada y no una actitud de juicio y castigo, como tantas veces creemos. Sólo con observar la ternura y compasión con la cual Jesús trató con Pedro después de su negación, tenemos la seguridad de que lo que Dios más desea es la restauración de nuestras vidas, no la destrucción. Si los adultos que acompañan al niño en su peregrinaje espiritual pueden vivir esta actitud de gracia para con él frente a sus tropiezos y caídas, estarán haciendo algo sumamente importante para fortalecer su relación con Dios. Escriba a recurso@publicaciones.net |


