Jesucristo: Señor de la familia

por Alberto F. Roldán

Capítulo 6 del libro "Señor total"

©1998 Fundación Alianza

El amor es un sentimiento

que hay que aprender.

Es tensión y es realización.

Es anhelo y es hostilidad.

Es alegría y es dolor.

No existe lo uno sin lo otro.

La felicidad es solamente

una parte del amor,

Esto hay que aprenderlo.

Walter Trobisch

 

 

     Uno de los ámbitos donde el señorío de Jesucristo se hace más crucial es el de la familia. Esto sucede por varias razones. En primer lugar, porque la familia es el ámbito de la vida humana donde pasamos gran parte de nuestra vida. Allí hemos nacido, nos hemos formado y allí vivimos nuestras felicidades y nuestras penurias. En segundo lugar, la familia es un sitio donde nos es difícil ser hipócritas. Todos tenemos, en mayor o menor medida, nuestras máscaras con las que ocultamos lo que somos y sentimos. Nos es más o menos fácil usar máscaras en la calle, en el trabajo, en la escuela. Pero no es así en la familia, donde todos nos conocen cómo somos. En tercer lugar, la familia es importante por ser el taller donde nos preparamos para el ministerio. Es significativo que muchos de los requisitos de los que ministran en la casa de Dios, pastores, maestros, diáconos, tienen que ver con la vida en familia. Todos conocemos exhortaciones como: “Que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción” (1 Ti. 3.4 RV 60). Pablo todavía argumenta: “Pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (v. 5 RV 60). “Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien su casa” (1 Ti. 3.12 RV 60). Todo esto nos muestra lo decisivo que es el señorío efectivo de Jesucristo en nuestras relaciones familiares. Nuestra afirmación central es la siguiente:

 

     El señorío de Jesucristo en nuestra familia debe caracterizarse por la obediencia, el amor y el servicio mutuo.

 

1. El señorío de Jesucristo en nuestra familia debe caracterizarse por la obediencia

     Jesucristo no sólo es Señor de la Iglesia y de los poderes espirituales, sino que también es Señor de las relaciones familiares. En Efesios 5.22-6.4 encontramos los aspectos más decisivos de estas relaciones. Allí aprendemos los aspectos fundamentales de la relación entre esposos y entre padres e hijos.

     En primer lugar, aprendemos que las esposas cristianas deben estar sujetas a sus maridos “como al Señor” (v. 22). El modelo de sujeción que se le muestra a la mujer cristiana es la relación que debe mantener con el Señor. Cada mujer cristiana debe vivir sujeta al señorío de Jesucristo, porque él es su Señor, su Rey, su Salvador, su Santificador. En ese modelo, la esposa cristiana debe mirarse para tener una relación de sujeción a su esposo. En su comentario al texto, Karl Staab dice:

 

Pablo comienza por exigir a las mujeres que se sometan a sus maridos “como al Señor”. El orden natural de los sexos se ve así sancionado, pero al mismo tiempo ennoblecido por la voluntad de Cristo, ya que la mujer aparece sometida, en último término, al Señor mismo, con lo cual no tiene ya razón para sentir complejo de inferioridad ante el marido.[1]

    

     En segundo término, el mandato de Dios a los esposos cristianos es que amen a sus esposas “como Cristo amó a la iglesia, y dio su vida por ella” (v. 25). Este mandamiento establece el sano equilibrio entre la sujeción de la esposa y el amor del esposo. Dios no quiere que se dé un único lado de la relación, sino que su voluntad es que tanto la mujer como el hombre, en relación armoniosa y complementaria, cumplan con su voluntad. Así como Jesucristo es Señor de la mujer, en la medida en que ella se sujeta a su marido, también Jesucristo ejerce su señorío en la medida en que el esposo cristiano ama a su mujer como Cristo amó a la Iglesia.

     Staab dice que “en la delicadeza y generosidad con que Cristo se entrega, como en la fuerza y fecundidad de su sacrificio por la Iglesia, deben hallar los maridos su mejor modelo”.[2] El amor de Cristo por su Iglesia es un amor constante, santo, sacrificial, tierno, desprendido. El amor de Cristo es perfecto; luego, las cualidades del amor del himno de 1 Corintios 13 le pertenecen a él. Por eso, alguien ha invitado a reemplazar el término “amor” en ese capítulo por el nombre de Jesucristo y decir, por ejemplo: “Jesucristo es sufrido, es benigno; Jesucristo no tiene envidia... Jesucristo no busca lo suyo, todo lo sufre, todo lo espera, todo lo soporta...”. Ése es el espejo donde los maridos cristianos deben mirarse para amar a sus esposas y, de ese modo, hacer presente el señorío de Jesucristo en el matrimonio.

     En tercer lugar, Jesucristo ejerce su señorío en las relaciones padres/hijos. Los hijos deben obedecer “en el Señor” a sus padres (Ef. 6.1). Esta obediencia debe hacerse “en el poder del Señor” y “en el nombre del Señor”. La obediencia siempre es algo costoso, difícil para nosotros a causa de nuestro individualismo y nuestro egoísmo. En breve: nos cuesta obedecer. Nuestra rebeldía lo hace difícil. Pero, siguiendo a Jesús, permitiendo que su Espíritu obre en nosotros, es posible que obedezcamos a nuestros padres y nos sintamos bien al hacerlo. Por el Espíritu de Dios es posible que lleguemos a decir, como Jesús: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40.8 RV 60; cf. He. 10.5-7).

     La obediencia de los hijos a sus padres está fundamentada en que “es justo”, es decir, se ajusta a la ley de Dios. La obediencia debe conducir también a honrarlos, a tenerlos en alta estima, a respetarlos. Y el objetivo de tales actitudes es que a los hijos les vaya bien y tengan una larga vida en la tierra (6.3). Se trata del primer mandamiento de Dios que tiene promesa. Por otra parte, los padres también deben reflejar el señorío de Jesucristo no provocando a enojo a los hijos. Esta cuestión de la ira, de los enojos y de las provocaciones tiene una vigencia tan clara como lamentable. Hay violencia familiar, abusos de niños, castigos desmedidos, es decir, actitudes que distan de mostrar el señorío de Jesucristo en la familia. Por eso, el gran desafío para los padres cristianos radica en criar a los hijos en disciplina (corrección) y amonestación “del Señor”. Esta última cláusula establece el parámetro al que debemos ajustarnos: disciplinemos y amonestemos con la instrucción del Señor, con su Palabra, con su mandamiento, con su Espíritu y con su amor. No es mi disciplina y mi amonestación las que valen, porque ellas son imperfectas, afectadas por el pecado y el egoísmo. Debo dejar que Jesucristo me instruya, para luego instruir, amonestar y conducir a mis hijos en la voluntad del Señor.

 

En el matrimonio las personas se hacen una misma cosa ante Dios, como Cristo se hace una cosa con su Iglesia (Ef. 5.31ss.). A semejante unión Dios concede la bendición de la fecundidad, de la procreación de una nueva vida. El hombre entra en la voluntad del Creador colaborando en la creación. Mediante el matrimonio son generados los hombres para la glorificación y servicio de Jesucristo y para la multiplicación de su reino. Esto significa que el matrimonio no es sólo el lugar de la procreación, sino también de la educación de los hijos en la obediencia de Jesucristo. Los padres son para el hijo representantes de Dios en cuanto son sus progenitores y educadores, así en el matrimonio se crean nuevos hombres para el servicio de Jesucristo.[3]

    

     Debemos tener en cuenta dos cosas de este agudo comentario de Bonhoeffer: en primer lugar, sólo matrimonios realmente fundados en el señorío de Jesucristo son los que gozan de la garantía de crear hombres y mujeres que han de servir al Señor; en segundo término, la creación de hijos que honran a Jesucristo es una tarea ardua y persistente, que involucra oración, disciplina y, sobre todo, amor. Precisamente el amor es el segundo aspecto que debe caracterizar a la familia que vive bajo el señorío de Jesucristo.

 

2. El señorío de Jesucristo en nuestra familia debe caracterizarse por el amor

     Este segundo aspecto se desprende de algunos contenidos ya expuestos en el primer concepto. Pero es nuestra intención entrar en una reflexión más práctica del tema. Aquí debemos preguntarnos qué entendemos por “amor” y luego analizar las formas concretas del amor, lo que alguien ha denominado “la disciplina del amor”.

     Debemos definir adecuadamente lo que entendemos por amor. En este punto, las perspectivas entre los cristianos se han dividido en dos. Están aquellos que férreamente han afirmado que “el amor no es un sentimiento, sino que es una decisión de la voluntad”. Con esto, quieren decir que amar no es simplemente algo que sentimos, sino que debemos amar porque Dios lo manda. Así de simple. Por otro lado, están quienes piensan que el amor es sólo un sentimiento en el que la voluntad no tiene mucho que ver. Para amar, debemos sentir afecto hacia el otro, porque el amor es básicamente un sentimiento. ¿Qué podemos decir de esta disyuntiva? ¿El amor es sólo una cosa de la voluntad o sólo algo del sentimiento? Me parece que se trata de una falsa disyuntiva. En realidad, optar por una de esas dos alternativas es elegir una parte de la verdad, pero no toda la verdad. La respuesta adecuada al falso dilema entre “amor como deber” y “amor como sentimiento” está, a mi ver, en lo que Walter Trobisch magistralmente denomina “el amor: un sentimiento que hay que aprender”. Allí encontramos la mejor síntesis al tema del amor en familia. Amar es, obviamente, algo que tiene que ver con nuestros sentimientos. Debemos afirmar la dimensión sentimental del ser humano, incluyendo al cristiano. Decimos esto, porque hemos advertido la influencia de corrientes teológicas que han sido renuentes a reconocer la validez de los sentimientos en la vida y en la experiencia cristiana. Entendámonos bien: no se trata de caer en un sentimentalismo o en pensar que la vida cristiana consiste sólo de sentimientos. Simplemente, es necesario que reafirmemos la importancia de los sentimientos y aun de las emociones en el cristiano. El argumento más elocuente de ello es Jesús de Nazaret: una vida sin pecado, pero vida humana al fin, que experimentó una y otra vez sentimientos de tristeza, de gozo, de amor, de satisfacción y aun de angustia. En consecuencia, hablar del amor como sentimiento es algo legítimo y necesario.

     Por otra parte, como bien dice Trobisch, el amor es un sentimiento, pero “que hay que aprender”. En esta parte de su “fórmula” encontramos la segunda dimensión del amor. Si es algo que se aprende, entonces ya no es simplemente sólo una experiencia sentimental, sino que tiene que ver con nuestra voluntad, con decisiones que tenemos que tomar y con un aprendizaje en nuestra forma de vivir. Jesús dice a sus discípulos:

 

Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos (Jn. 13.34-35).

 

     Esta enseñanza del Señor muestra varias cosas. En primer lugar, que el amarse los unos a los otros deja de ser una opción para transformarse en una obligación. Se trata de un mandamiento y no un consejo. Tenemos el deber de amarnos como hermanos. En segundo lugar, Jesús nos enseña que el mundo recién se dará cuenta de que somos seguidores de Jesús cuando perciba el amor entre nosotros, sus discípulos.

     Es cierto que esto que comentamos de las palabras de Jesús se refiere en primera instancia a la relación entre los discípulos. Pero, de todos modos, creemos no hacer ninguna violencia al texto bíblico si lo aplicamos a la relación en familia. En efecto, volviendo al pasaje de Efesios 5, encontramos la primacía del amor en las relaciones esposo/esposa. Es altamente significativo que en la sección comprendida entre los versículos 25 al 33, por lo menos tres veces Pablo relaciona el amor a sí mismo que el esposo debe tener con el amor a su esposa. Notemos:

 

De la misma manera deben los esposos amar a sus esposas como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa, se ama a sí mismo. Porque nadie odia su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida, como Cristo hace con la iglesia [...] que cada uno de ustedes ame a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete al esposo (vv. 28-29 y 33).

    

     Comentando este pasaje, Trobisch aclara:

 

En este contexto, Pablo no puede querer decir el que ama a su mujer es un egoísta y muestra con ello que se mueve alrededor de sí mismo, sino al contrario: el que ama a su mujer viene a demostrar que ha logrado una razonable medida de aceptación de sí mismo, que ha adquirido la capacidad de amarse a sí mismo.[4]

 

     Aquí entramos en una zona de riesgo, ya que no todos los cristianos coinciden en su perspectiva respecto al amor a sí mismos. Algunos, bajo influencia de ciertas teologías que han acentuado el carácter pecaminoso del ser humano, y una “entera depravación” que no siempre es debidamente explicada, han deducido que el amor a sí mismo es una especie de peste de la cual hay que huir. En concreto, niegan que la Biblia nos autorice a amarnos a nosotros mismos. Sin embargo, nos parece que el mismo mandamiento fundamental de Jesús, que resume toda la ley de Dios, es claro a este respecto: “Ama a tu prójimo, como a ti mismo” (Mt. 22.39). Notemos que Jesús no dice: “ama a tu prójimo, pero no te ames a ti mismo”, ni dice “ama a tu prójimo más que a ti mismo”. Simplemente señala que la medida de amor que doy a mi prójimo debe ser la que tengo para amarme a mí mismo. Y aquí está la clave del asunto. Sólo quien se ama, se acepta, se cuida a sí mismo y busca una adecuada realización de su persona, está capacitado para hacer lo mismo con su prójimo. Josef Pieper lo sintetiza magistralmente:

 

En el hombre hay dos maneras de volverse hacia sí mismo (por tanto, dos formas de “amor propio”): una, desprendida; la otra, egoísta. Solamente la primera tiene efectos de autoconservación, la segunda es destructora.[5]

 

     Cuando el esposo cristiano cae en una especie de narcisismo, amándose a sí mismo en forma egoísta, deja de cumplir con el gran mandamiento de Jesús. Difícilmente quien no ama a su cónyuge "su prójimo más próximo" llegará a amar realmente a quienes viven en un círculo más alejado. ¿Cómo se demuestra el amor entre los cónyuges? Además de la sexualidad como una expresión genuina del amor, que hemos considerado en el capítulo anterior, el amor entre los cónyuges debe manifestarse en palabras de cariño y estímulo, caricias, atenciones, gestos y actitudes de servicio concreto. Por supuesto, todas estas manifestaciones deben ser desarrolladas no sólo por el esposo hacia la esposa, sino también desde ella hacia él. Se trata, en todo caso, de una relación dinámica en la que damos y recibimos. Si nos ocupamos de dar, en esa medida estaremos produciendo vida auténtica. No encontramos mejor manera de expresar este concepto, que remitirnos a la bella metáfora de Henry Miller:

 

Dar y recibir son en el fondo una misma cosa, y dependen de que la vida que se lleva sea abierta o cerrada. Una forma de vivir abierta hace del ser humano un médium, un transmisor; viviendo así, como un río, uno siente la vida en toda su plenitud, se desliza en la corriente de la vida y muere para vivir de nuevo en un océano.[6]

 

3. El señorío de Jesucristo en nuestra familia debe caracterizarse por el servicio

     Jesús es el Señor que sirve. Él no vino al mundo para ser servido, sino para servir y dar su vida por nosotros. En Marcos 10 encontramos esta verdad. Recordamos la escena. Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, vienen a Jesús y le dicen: “Concédenos que en tu reino glorioso nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mr. 10.37). En términos automovilísticos diríamos que Jacobo y Juan querían la pole position en el reino de Dios. Sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús. ¡Pretensiosos, los muchachos! El Señor les pregunta si podían beber del vaso que él bebía y ser bautizados con su bautismo. Ante la respuesta positiva, el Señor les dice que eso era cierto, pero que el sentarse en lugares de privilegio no era de su potestad concederlo. Los otros diez se enojaron con Juan y Jacobo. En medio de la discusión, Jesús los llamó y les dijo:

 

Como ustedes saben, entre los paganos hay jefes que se creen con derecho a gobernar con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, deberá servir a los demás, y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser el esclavo de los demás. Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud (Mr. 10.42-45).

 

     Hay aquí una velada crítica a los que gobiernan, ejerciendo señorío despótico sobre los pueblos. Pero el Señor aclara que, en su reino, el que quiera ser grande será el servidor de los demás. La lección de Jesús puede resumirse en estas palabras: la ley del reino de Dios establece que quienes quieren ser principales deben servir a los demás. La grandeza de un discípulo se mide por la cantidad y calidad de su servicio a los demás.

    

A modo de “cable a tierra”

     El señorío de Jesucristo en la familia se ha tornado dramáticamente difícil en estos tiempos posmodernos. Esta postura ideológica y cultural llamada precisamente “posmodernidad”[7] tiene, entre otras características, el rechazo de valores supremos e indiscutibles. La tendencia es reducir a la mínima expresión lo que en otros tiempos era considerado “bueno” y “malo”, “normal” y “anormal”. En una fuerte crítica a lo que consideran como resultado de la ética judeocristiana, abundan los teóricos que consideran vetustas y retrógradas a instituciones tan importantes para la sociedad, como son el matrimonio y la familia. ¿Cómo puede vivirse todavía el señorío de Jesucristo en la familia en una cultura posmoderna?

     Debemos partir del reconocimiento de que se trata de algo difícil y que muchas veces se ha mal interpretado. Por ejemplo, en lo que se refiere a la sumisión de la mujer al varón, la cultura del machismo ha visto un elemento a su favor en las palabras de Pablo “la mujer esté sujeta a su marido”. Ya hemos explicado en este mismo capítulo, que esa sujeción o sumisión tiene su contrapartida en el amor que el esposo debe manifestar a su esposa. Además, no faltan los comentaristas y exégetas bíblicos que, con suficiente razón, nos invitan a tener en cuenta el comienzo de la sección de Efesios donde Pablo se refiere a la sumisión. En efecto, en el v. 21 dice: “Estén sujetos los unos a los otros, por reverencia a Cristo”. Esto implica que más allá de la sujeción que la mujer debe expresar hacia su esposo, hay una sujeción mutua de los unos a los otros. Pero ¿hay límites para la sujeción de la esposa a su marido?

     Debemos entender que ninguna interpretación de la sujeción de la esposa a su esposo puede justificar situaciones inhumanas y alienantes. Todavía recuerdo la escena con nitidez y tristeza. Hace unos años, mientras mi esposa y yo estabamos desarrollando un taller sobre relaciones matrimoniales en una ciudad de la Argentina, abordamos el tema de la violencia familiar. Hablábamos de las crudas estadísticas que muestran que en más del 70% de los casos de violencia familiar, la mujer es la víctima, mientras sólo en el 1% el hombre es el castigado. El resto lo constituyen agresiones mutuas. Luego de dar un vídeo que mostraba esta cruel realidad, una mujer nos confesó su experiencia. Llorando nos contaba que durante trece años fue golpeada y abusada sexualmente por su propio esposo. En ocasiones, los abusos sexuales llegaban a la violación. En incontables ocasiones esta mujer había sugerido a su marido: “separémonos... no podemos seguir así”. La respuesta del marido siempre era la misma: “No, querida. No podemos separarnos por causa del testimonio”. Grande fue nuestro estupor, cuando esta mujer finalizó dándonos un dato insólito: “Mi esposo era el pastor de la iglesia”. Para este señor —de alguna manera hay que llamarlo— no era mal testimonio castigar y abusar de su mujer. Sí lo era el divorcio o la separación. ¡Hasta qué medida los datos bíblicos mal interpretados pueden ser utilizados para legitimar situaciones inhumanas! El Evangelio de Jesucristo, entendido como buenas noticias de salvación, debe conducir a la humanización de la persona y no a su alienación. Dicho en otros términos, Jesucristo es Señor del matrimonio siempre y cuando las actitudes de los cónyuges sean expresiones de amor y de respeto mutuo.

     Pero la problemática de la concreción del señorío de Jesucristo no se limita a las relaciones entre esposos. La sociedad de nuestros días es una sociedad compleja. El cuadro de tipologías de familias y agrupamientos se ha ampliado hasta el punto de que ya no tenemos solamente lo que se ha dado en llamar “familia nuclear”, constituida por los padres y sus dos hijos. ¡Esa integración nos parece verla sólo en los cuadros de las familias de antaño! La realidad hoy es muy distinta y mucho más compleja. Están las familias desintegradas por el divorcio de los cónyuges, las familias unipersonales, las familias integradas por el padre con el hijo o la madre con el hijo, las uniones de hecho y tantas variables como las que podríamos pensar. ¿Cómo se puede concretar el señorío de Jesucristo en tales situaciones? Es difícil dar una respuesta específica para cada caso. Tomemos la situación de la madre soltera. Ella puede haber sido engañada por falsas promesas de un hombre que se aprovechó de su ingenuidad o bien puede haber sido víctima de sus propios impulsos a los cuales cedió por su falta de experiencia y personalidad. Pero en todo caso, ¿es su condición de madre soltera obstáculo insalvable para que Jesucristo sea su Señor? Creemos que no. Como Iglesia de Jesucristo debemos caracterizarnos por ser una comunidad de perdón y restauración, en suma, una comunidad terapéutica. De ninguna manera rebajamos el estándar bíblico de buena conducta y santidad de vida. Pero siguiendo la advertencia de Pablo en el sentido de que “quien se ufana de estar en pie, cuidado con caerse” (1 Co. 10.12 NBE), debemos dar expresión sincera a la comprensión y aceptación de la persona. Ayudarla a sanar espiritual y mentalmente de sus malos recuerdos. Inclusive, a perdonar a quien le causó tan grave daño. Esto, no porque justificamos la acción de su victimario, sino porque sabemos que la verdadera libertad y señorío de Jesucristo sólo se puede vivir en la experiencia de perdón. De ese modo, una madre soltera que cree en Jesucristo puede, ayudada por la comunidad de fe, vivir bajo el señorío de Jesucristo, quien desde el Evangelio sigue diciendo a las mujeres condenadas por la sociedad —¡y a veces por la Iglesia!— “tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Jn. 8.11 NBE).

     En síntesis, la complejidad de la vida humana en estos tiempos de fin de milenio nos conduce a reconocer la dificultad para materializar el señorío de Jesucristo en la familia. Del idealismo que la Biblia nos plantea y que, como intención original del Creador sigue en plena vigencia, debemos bajar al terreno de las realidades concretas y, muchas veces, desgarrantes. La Iglesia está llamada a restaurar a las personas y a ayudarlas para que, cualquiera sea su situación matrimonial y familiar, puedan vivir bajo el amoroso y tierno señorío de Jesucristo.

 

            El amo es el señor

 

            El amo es el señor, patrón,

            y el ama es la señora, patrona.

            ¡Ay, si el señor y la señora,

            el patrón y la patrona,

            títulos tan bellos,

            viviesen amando

            a los que de ellos dependen!

            Es terrible

            cuando interpretan

            el amor como dominio

            y quieren ser señores y patrones

            de las personas

            que les están sometidas. [8]

 

 

Preguntas para la reflexión y el estudio

1.  El autor dice que el señorío de Cristo en la familia debe caracterizarse por la obediencia. ¿De qué maneras concretas debe evidenciarse esa obediencia en los distintos miembros de la familia?

2.  ¿En qué se diferencia la obediencia que propone la Biblia para la esposa, del machismo que impera en algunos sectores de nuestra sociedad?

3.  ¿Cómo definiría usted al amor? ¿Está de acuerdo con el autor? ¿Por qué?

4.  ¿Cómo mediría su vida en cuanto a su capacidad de amar? ¿A quiénes de su familia es parcial en su amor?

 

 

 

5.  Jesús es Señor que sirve. ¿De qué manera el ejemplo de Jesús debe modificar nuestra conducta y visión del servicio?

6.  ¿De qué maneras concretas estoy sirviendo a los distintos miembros de mi familia? Trate de ser específico y piense en cada miembro de su familia.

 



               [1]Karl Staab-Norbert Brox, Cartas a los Tesalonicenses, Cartas de la Cautividad, Cartas Pastorales, trad. Florencio Galindo, Barcelona: Herder, 1974, p. 232.

               [2]Ibíd., p. 234.

               [3]Dietrich Bonhoeffer, Ética, trad. V. Bazterrica, Barcelona: Estela, 1967, p. 146. Para un estudio de las relaciones familiares y, especialmente, la disciplina de los hijos, véase mi obra, La familia a la que pertenezco, Miami: Logoi, 1991, especialmente el capítulo 6.

[4]Walter Trobisch, Iniciación al amor, trad. F. Collar, Salamanca: Sígueme, 1978, p. 17.

[5]Cit. por Trobisch, ibíd., p. 18. Por su parte, el gran pensador danés Sören Kierkegaard destaca la importancia de ese mandamiento en los siguientes términos: “Puesto que hay que amar al prójimo como a sí mismo, este mandamiento rompe, lo mismo que una ganzúa, el candado del amor propio y lo arranca de las manos del hombre”. Es decir, la cláusula que indica la medida del amor no permite que el amor a sí mismo se convierta en amor egoísta o narcisista. Para un análisis psicoanalítico del tema, véase Erich Fromm, El arte de amar, Buenos Aires: Paidós, 1961. En mi libro La ética cristiana en un mundo en cambio, Buenos Aires: FADEAC, 1997, destaco la importancia decisiva del amor en la conducta cristiana. Véanse especialmente los capítulos 4 y 7 de la obra citada.

[6]Henry Miller, El coloso de Marusi, trad. Ramón Gil Novales, Barcelona: Seix Barral, 1957, p. 233.

               [7]Para una amplia información sobre la posmodernidad y su incidencia en el cristianismo y la Iglesia, véanse las siguientes obras: José María Mardones, Posmodernidad y Cristianismo. Desafío del Fragmento, Santander: Sal Terrae, 1988; Juan Martín Velasco, Ser cristiano en una cultura posmoderna, Madrid: PPC, 1996; y Hans Küng, Teología para la posmodernidad, trad. Gilberto Canal Marcos, Madrid: Alianza Editorial, 1989. Para un enfoque más global de esta problemática cultural, recomendamos: Alan Tournaire, Crítica de la modernidad, trad. Alberto Luis Bixio, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1994; Nicolás Casullo, compilador, El debate modernidad-posmodernidad, 3ra. edición, Buenos Aires: Puntosur, 1991; Gianni Vattimo, Creer que se cree, trad. Carmen Revilla, Buenos Aires: Paidós, 1996; y de éste mismo filósofo italiano: El fin de la modernidad, trad. Alberto L. Bixio, Barcelona: Planeta-Agostini, 1994.

               [8]Dom Helder Cámara, En tus manos, Señor, trad. Olivio Lazzarin Dante, Buenos Aires: Ediciones Paulinas, 1987, p. 47

 

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