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“Me hice actor para escaparme de mi propia personalidad.” Ésta fue la confesión de George C. Scott, uno de los más destacados actores de teatro y cine por más de dos generaciones, hasta su muerte en septiembre de 1999. Cualquiera de nosotros, seamos o no actores profesionales, podríamos decir lo mismo. —Entre los papeles que uno representa —continuó Scott—, uno vuelve al punto de partida en cuanto a su propio carácter, pero ¡qué divertido resulta el proceso al asumir diversas personalidades maravillosas con cada papel! Y agregó un detalle más clarificador al decir: —Yo creo que toda la valentía personal que me pueda faltar, la asumo como actor. El arte de actuar es una actividad aceptable e inocua, mientras no desborde en la vida real. Un gran actor como Scott, mucho antes de filmar una escena, estudia cuidadosamente el personaje que va a representar, frecuentemente hasta llegar a pensar como esa persona. Su meta es representar con precisión al personaje en cada situación, aun en detalles no ensayados ni premeditados. Cuanto más pierde su propia identidad a favor del personaje que representa, mayor éxito tendrá como actor. Sin embargo, para el actor desempeñar un rol no es nada más que su profesión, el modo que utiliza para ganarse la vida. No importa cuánto pueda disfrutar de su trabajo, al fin del día retorna a su hogar, se relaja y vuelve a ser la persona que en realidad es. Normalmente, sus actuaciones no dejan marca permanente en su carácter. Pero supongamos que un actor se involucra tan completa y habitualmente en los personajes que asume, que pierde la habilidad de distinguir entre la vida real y los papeles que representa. Empieza a disfrutar, como sugiere Scott, la huida de su verdadera persona. Poco a poco se siente más feliz en la ilusión de ser otro. Aun cuando se quita el maquillaje, puede continuar conceptuándose como el personaje que representa. Sigue hablando y reaccionando como ese personaje ficticio. Esto llega a ser tan fuerte y automático que parece ser una reacción que no puede controlar. Hasta llega a creer que otros lo aceptan más en el papel artificial. Como resultado, pierde todo sentido de falsedad. Está convencido de que la vida ilusoria que lleva le agrega cualidades que carece en su vida real. La palabra hipócrita viene directamente del griego, donde originalmente se refería al actor de escenario. Luego se utilizó para referirse a cualquier persona que asumía un papel falso, disimulador. Hoy utilizamos la palabra únicamente en sentido negativo. Un hipócrita, en el uso actual, es la persona que simula ser mejor de lo que realmente es, o que profesa una serie de valores mientras que secretamente practica otros. Aunque todos nosotros nos defenderíamos celosamente si nos acusaran de ello, todos somos hipócritas en algún sentido. Aunque no nos consideramos deshonestos, habitualmente tratamos de escaparnos de nuestra personalidad fingiendo roles, no en el teatro ni en el cine, sino en el gran escenario que ocupa las veinticuatro horas del día, el escenario de la vida. Y no nos damos cuenta del impacto de lo que estamos haciendo ni de por qué lo hacemos.
¿Es posible que usted sea un farsante?
Hagámonos algunas preguntas. ¿A veces me encuentro haciendo algo que no es realmente genuino? ¿Tengo la sensación de que la persona que yo proyecto y que otros conocen no es quien realmente soy? ¿Soy culpable de ser algo artificial? Éstas son preguntas que yo he considerado con jóvenes y adultos, tanto en forma individual como en grupos. Todo el mundo está dispuesto a admitir que no logra su ideal, pero se escandaliza ante la insinuación de que pudiera ser falso o insincero. Sin embargo, a medida que avanza la conversación, y se definen con claridad los conceptos, todos admiten que posiblemente este tema tenga algo que ver con su propia experiencia. Lo más significativo que ha resultado de estas discusiones francas y el análisis propio resultante no ha sido el hecho de ser falsos, ni tampoco su predominio en la vida. Lo que nos sorprende a todos, y nos cambia a algunos, es una nueva comprensión de la naturaleza de la simulación y su relación con la salud mental y espiritual. Todo esto se reduce a la cuestión de honestidad, aunque el problema es más sutil de lo que queremos admitir. La mayoría de las personas no tiene problemas en distinguir entre la verdad y la mentira (aunque parece que algunos, realmente, no perciben la diferencia). Cientos de veces por día ejercitamos nuestro juicio moral, ya sea en decisiones relacionadas con nuestra conducta o al interpretar las palabras y acciones de otros. La honestidad sería relativamente sencilla, si fuera siempre un proceso consciente. De ser así, podríamos ser honestos cuando quisiéramos o posiblemente cuando nos pareciera que podría resultarnos ventajoso. Eso sería parecido al nadador que deliberadamente pasa por alto todas las señales de peligro y se mete en el mar agitado. Mientras ve la boya o el salvavidas, sabe que puede volver o ser rescatado. El timonel de un barco puede conscientemente desviarse del rumbo previamente determinado. Mientras tenga una brújula, sabe en dónde se encuentra y puede corregir el rumbo del barco cuando lo desee. La deshonestidad consciente es así. Es la mentira conveniente en cuanto a dónde uno estuvo anoche a las veintidós horas, o el hecho de falsear la balanza. Uno nunca pierde de vista completamente la verdad o la convicción de que es básicamente honesto. Un poco de desviación de vez en cuando, pensamos, confirma la verdad. Claro está que este tipo de engaño no es bien visto, aun por quienes, de vez en cuando, puedan practicarlo o necesitarlo.
La deshonestidad inconsciente
Siempre podemos tener a mano una explicación aceptable por lo que hicimos, o una excusa conveniente por lo que no hicimos, y sentirnos perfectamente honestos. Pero si lo pensáramos con cuidado, tendríamos que reconocer que nuestras respuestas son falsas. Estamos demasiado ocupados para asistir a cierta fiesta, pero si la invitación viniera de otra persona, nos haríamos el tiempo para ir. Es posible que el perro se haya comido la tarea del colegio, pero si de veras la hubiésemos terminado, no la habríamos dejado en el piso. Cuando la deshonestidad inconsciente llega a ser tan aceptable y automática que no requiere decisiones conscientes, llega a ser parte de la personalidad y puede ser destructiva. Nos parecemos, entonces, al nadador que ha perdido de vista la playa o al timonel que tiene la brújula rota. Con el pasar del tiempo, en nuestras relaciones con los demás, perdemos la noción de lo verdadero y de lo falso. Mucha de nuestra conducta, más de lo que quisiéramos reconocer, es el resultado de este juego inconsciente con la realidad. Entre el engaño malicioso y la simulación inocente, pero excitante, de la fantasía, hay otra área de conducta que nos involucra a todos en alguna medida. Estamos siempre simulando de maneras que no parecen tener significado moral y que son mayormente automáticas. Creemos que tenemos el derecho de esconder nuestras faltas para crear una buena impresión. ¿Por qué anunciar nuestras debilidades, cuando revelarlas no ayuda a nuestra imagen? ¿Somos hipócritas porque pintamos el frente de la casa, pero no los costados ni el fondo? ¿Qué ebanista lustra la parte de abajo de la silla o los costados de la gaveta? ¿Qué verdulero no exhibe sus mejores frutas para que todos las vean? ¿Quién no trata de presentar hacia la cámara su perfil más fotogénico? Millones de personas, inteligentes y decorosas, a las que no se les ocurriría decir una mentira ni robar una moneda viven utilizando máscaras. Todas tienen un alto nivel moral y muchas son devotamente religiosas. Dirían que no son falsas, pero disimulan constantemente. Aunque no son conscientes de cometer un error, en lo más profundo de su ser existe un grave conflicto.
Para pensar y dialogar
* Observe: ¿Cuántos de sus amigos admitirían que son farsantes? ¿Qué tipo de excusas utilizan para comprobar que no lo son? ¿Son más farsantes que aquellos que se creen ser totalmente sinceros? * Analice: Piense en algunas conversaciones casuales que usted ha tenido últimamente con personas que no sean de la familia o amigos cercanos. De esas conversaciones, ¿qué conductas o actitudes utilizó usted para mostrarse superior a esas personas? Analice las motivaciones que lo impulsaron a conducirse de esa forma. Es decir, pregúntese: “¿Por qué actué de esa manera?” Permita que este ejercicio sea constructivo y no motivo de condena propia. * Dialogue: ¿El arte de actuar (la representación de papeles en el teatro o cine) contribuye o no a que la persona sea falsa en las situaciones reales y cotidianas de la vida Escriba a recurso@publicaciones.net |


